Mucha gente se preguntará: si hay un riesgo de cambio climático, y si ese cambio climático puede traer graves consecuencias, ¿por qué es tan difícil alcanzar un acuerdo a nivel mundial para arreglar ese problema?
Muy sencillo: porque en Copenhague no se está hablando de ecología, se está hablando de dinero. Mucho dinero. Adoptar un nuevo modelo de producir y de consumir energía implica cambiar profundamente todo el sistema económico, social y político al que estamos acostumbrados.
No es que no se conozcan las soluciones; es que las soluciones son caras. Si se hacen las cuentas de forma correcta, al final el beneficio puede superar al coste. El precio de no hacer nada puede ser mucho más elevado que el de actuar. Pero eso implica pensar en el largo plazo, a décadas vista, y los políticos, que son los que tienen que tomar las decisiones en Copenhague, suelen pensar a cuatro años vista, los que faltan para las siguientes elecciones.
Y el asunto es aún más difícil porque tienen que ponerse de acuerdo todos a la vez. No basta con que la Unión Europea controle la contaminación si no lo hace China, porque entonces los productos chinos serán aún más baratos y echarán a todos los demás del mercado.
Pero tampoco se puede pedir a los países pobres que adopten medidas anticontaminación sin que los ricos les den ayuda financiera para ello. Ni que los que llevan contaminando cien años les pidan el mismo esfuerzo a los que sólo llevan haciéndolo treinta.
Así se comprende lo difícil que va a ser alcanzar un compromiso vinculante y eficaz en Copenhague.
Fuente: EITB Noticias




